Mi mente,

como un laberinto que no deja resarcirme de tu amor,

encuentro las flores del campo más bellas que nunca,

el agua del río más cristalina y galopante,

el cielo más profundo en inmendo

y tu cuerpo, ay tu cuerpo!

me conviertes en esclavo.

 

Como un recién nacido, dependiente,

como un enfermo, delirante,

solo yo quiero amarte, para siempre.

 

Era primavera, virgen y vívida,

el Sol amanecía temprano

recogiendo nuestros bailes de la noche

y amansando a toda la hierba

que buscaba el calor de su luz.

 

Campante, con el silbido del viento,

solo, entre paredes húmedas

que asemejan a rejas estériles

me cruzan con el sueño,

el sueño de ser luchador de tus deseos,

gladiador de tus anhelos.

 

 

Mauro Colomina Soler

Desembre de 2011

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