Lucha casual

Sin quererlo ni pedirlo me planto en viernes, día frío, gélido, glacial, pero no nieva. Una lástima, me encantaría sentir como caen los pétalos de nieve en mi cabeza, en mi cara seca, helada.

Camino por las calles del centro, tranquilas, melancólicas, indigentes, desnudas. De entre dos edificios corpulentos y dominantes aparece otro, anciano, maltrecho, con heridas de guerra, concretamente de la metralla de las bombas  que lanzaron los italianos durante la guerra civil. A pesar de sus lesiones la casa sigue en pie, con vigor, retando el paso del tiempo, desafiando al cemento, al ladrillo y a la avaricia. El interior no sólo guarda muebles y familias, también recuerdos, melancolías, tristezas y alegrías. Todo flotando por dentro, sosteniéndola, manteniéndola firme, sin resignarse ante los dos mastodontes que la rodean. 

Me quedo un rato mirándola, a la casa claro, cuando me doy cuenta cabeceo brevemente y miro a los lados. ¿Habrá alguien observando mi abstracción, mi atontamiento? ¿tenía la boca abierta mientras la miraba?. Termino de preguntarme cosas mundanas y dejo tranquila a la casa, me despido de ella con una mirada de agradecimiento, de reconocimiento por su actitud y persistencia, por su lucha incansable y continua ante el olvido generalizado, ante la sordera colectiva.

Mientras me alejo, me giro y la miro por última vez. “Valiente”, le susurro y la dejo tranquila, que ya tiene bastante con lo suyo.

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