La terraza muda

Subo. 7,95 por favor, pago. Miro hacia el fondo, ojeada rápida y avanzo. Me siento, siempre que puedo, por la parte final. Tocan las 13 horas y el autobús arranca hacia mi rutina semanal.

El paisaje de siempre que se va moldeando conforme las estaciones, detalles primaverales, detalles otoñales…

Desde que pusieron señal wifi muchos permanecemos sentados con un trozo de plástico plegable encima de las piernas. Antes dormían, leían o miraban por la ventana. Todos nos mantenemos independientes, casi nadie habla y si escuchas la música de los auriculares de alguien, aumentas los tuyos y listo, creando un hilo musical molesto, desacompasado, ruido más ruido al cuadrado.

El autobús es mi antesala al estrés de la capital. Los egipcios lo tenían claro, creaban sus templos de tal manera que la entrada al edificio fuese paulatina, lo menor agobiante posible, utilizaban la gradación de la luminosidad y el tránsito de amplios espacios abiertos a otros menores y cerrados…

En mi vida no hay graduación paulatina, de la sombra a la luz, sin anestesia. Intento, sin aparente resultado, resistirme frente al mundo veloz, me acuesto en el suelo helado para tratar de helar mi mente, tratar de retar a la corriente del río es de insensatos, como yo. Una vez conseguí parar el mundo, buen cine, compañía espléndida, arte, cariño y mucho amor, con ayuda, claro, con la persona que más me quería. Eso es ya otra historia. Ahora me subo a la terraza, desde allí veo casas desnudas, desde arriba, cables y más cables, antenas de telefonía, palomas no mensajeras. Nunca he estado, pero me recuerda a La Habana cubana.

Esa terraza me recrea, su mudez sesga mis recuerdos y los convierte en sonrisas. Me invita a parar, a escucharme, a sentirme. A olvidar la vorágine del mundo acelerado en el que vivimos, al mundo que viaja en coche, con depósito regenerable pero insuficiente, y que acelera sin parar aún sabiendo que hay un muro al final de la carretera.

La terraza me empapa, me nutre. También hay personas-terraza. Vivo con ellas lo inconfesable, historias mudas, relatos de amor y desamor. De besos que nunca fueron. De cielos que cambian de color, que se vuelven claros, que me arriman, nos arriman.

Feliz semana.

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