Sábado medio vacío

Ayer vino de casualidad una pregunta: “Si tuvieses la posibilidad de viajar en el tiempo, lo harías hacia el futuro o el pasado?”. Para mi sorpresa la inmensa mayoría de la gente eligió el futuro. Supongo que les gustaría ver si hay vida después del calendario Maya, qué provechosos son de mayores o si su equipo ha ganado más ligas. Yo callé, no dije nada, sólo pensé. No sé si soy un melancólico sin remedio, si me gusta demasiado recordar o si es que me mueve el ímpetu por cambiar muchas cosas. Viajar hacia el pasado es para mi una declaración de amor-odio hacia mi mismo. Significaría enmendar errores de los cuales he aprendido. Evitar males mayores. Volver a pasar momentos fabulosos. En cambio el futuro no sé qué me depara, es demasiado incierto para mi. Prefiero caminar sobre seguro, aunque a veces sea solo.

Ahora mismo viajaría 6 años exactos atrás. Estaría en Alemania, en un pequeño pueblo con mi amigo M, Gladenbach, apunto de marchar hacia España de nuevo, no sin antes pasar mi última noche allí, una noche magnífica en la que me enamoré, reenamoré y retroenamoré de P. Una noche que ya guardo en el cajón soñador, que de vez en cuando visito y que marcó en mi un antes y un después.

Mi sábado ha venido a trozos pequeños. Primero con un sueño denso que no me dejaba dormir, después con la alegría desmesurada que es ver a la gente feliz cuando cumple años y sopla las velas. Ahora con la tristeza del recuerdo que no me deja. Hoy toca, ya lo sabía, llevaba toda una semana preparándome.

Esperemos que el sábado acabe, al fin, entero, que no se queden trozos por el camino. Por si acaso lo llevo atado a la muñeca, como el reloj, no sea cosa que se me olvide y termine con un sábado a medias.

Hoy toca maratón, competición interior. Me mido contra mi mismo, contra lo creo que siento, lo que quisiera sentir y lo que en verdad siento.

Me doy cuenta que sobrevivo en el mundo de la desmemoria crónica, hoy no es día para optimistas. Rebrotan las sensaciones que he dejado escapar y que empapan los ojos poco a poco hasta convertirlos en cortina. De vez en cuando alguna gota deshilachada cae y me alivia un poco. Me entra el miedo irracional: las historias que no he vivido, el tiempo que no pasa sino que vuela, aquel viaje que no pudo ser, aquel último beso que me falló, aquel abrazo sincero que se marchó, aquella caricia que se me escapó, aquel “te quiero” que me faltó. Todo acumulado, batido y servido. Lo tomo así, a palo seco. Me cuesta de tragar, pero mejor así que con anestesia, que al final no se sabe muy bien qué se ha comido y qué no.

El día se me ha ido volviendo rebelde. Se ha vuelto luchador, seré yo que estoy poco contestatario y se ha aprovechado de ello. Habrá olido el aroma derrotista que me envuelve y me acompaña, que como todas las fragancias al final perecerá, aunque mientras tanto se llevará conforme se pueda: con un paseo, con una charla o con una botella medio llena o medio vacía -que al fin y al cabo emborrachan igual-.

Buen finde.

PD: Esta canción me hace recordar al abuelo de P, que desafortunadamente no nos acompaña en este mundo, cuando me dijo que Pink Floyd es un grupo para escuchar sentado en el sofá, relajado y con un whisky con hielo. Era un sabio. También va por ti, R.

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