Con tu olor a cuestas

Me bastaría volver a tocarte, a sentirte,

a notar las caricias que dejamos al Sol,

a la luz tenue y maravillada por nuestro amor

por el amor que tu me dabas y yo te regalaba.

 

Camino por una calle, no importa cuál y de repente te veo, el corazón me da un vuelco, ese maldito vuelco que te vuelve inútil, nervioso, sonrojado, bobo, sensible, débil. Trago saliva y me acerco sin saber dónde mirar, tú me has visto, no lo disimulas y vienes hacia a mi sonriendo con esa magnífica sonrisa que tienes de labios refinados y voluptuosos. El tramo hasta ti se hace infinito, mis músculos se vuelven endiabladamente tensos y conforme avanzo voy desaprendiendo a caminar, ya no sé ni qué pie va delante de cuál.

Ya por fin te paras y yo me paro, el uno frente al otro. Sueltas un “¡Hola!” encantador mientras exhibes tu sonrisa eterna y me das dos besos, dos besos que me entierran, que ahogan mi aliento y empañan levemente mi visión. Me hablas con soltura, siempre tuviste facilidad de ello, te explicas con claridad y yo asiento mientras presto poco atención a tus palabras y miro tus ojos oscuros, tu nariz ondulada y perfecta, tus labios rojizos que te humedeces sin darte cuenta, tu forma de hablar despreocupada, sencilla, natural.

Preguntas por mi, te miento, te digo que estoy bien, aunque arda por dentro, aunque tenga ganas de besar tus labios, de pedirte que escapes conmigo, que volemos juntos. Trago esos deseos con algo de saliva y te cuento cualquier tontería, sonrío, mejor dicho, medio sonrío. Lo sabes, no estoy bien, me conoces y me miras con esa mirada tuya, comprensiva, nostálgica, que tanto me gusta. Por fin me abrazas y te despides. Te vas.

Me queda tu olor, tu condenado olor que no me puedo quitar de la cabeza, que me visita por las noches, que me recrea. Al fin y al cabo eso es lo único que me queda de ti, tu olor y tu recuerdo.

Me quedo anclado,  no me puedo mover y giro el cuello para ver tu silueta marcharse, con tu caminar sensual. Me quedo pensando todo lo que te hubiese dicho, todo lo que hubiese hecho. Y en cambio, ahí estoy, quieto, casi tullido, viendo como te vas con tantas otras cosas detrás, con tantos y tantos sentimientos que arrastras y tantas historias que te llevas.

Consigo al final mover los pies, no antes sin mirar al cielo, esperando que alguien me eche una cuerda, unas alas o una mano infinita que me suba hacia arriba sin parar y me deje allí por un tiempo, tumbado en alguna nube. Me muevo, bueno, me dejo llevar, camino sin rumbo, sin destino, con un alma a rastras, magullada y con una herida sangrante que creía ya casi curada y que en menos de cinco segundos se ha reabierto de golpe.

Ando hacia el infinito, con tu olor a cuestas mientras suenan esas letras de esa canción “Pregúntale qué añora y en qué piensa cuando llora. Pregúntale si el tiempo cambia o sigue lloviendo.”

Afortunadamente hoy más soleado, querida.

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6 pensaments a “Con tu olor a cuestas

  1. Pero como me ha gustado taaanto¿¿?? eres estupendoo!! es la primera vez que te leo, no dudes en que habra una proxima 🙂

    besets desde Vancouver

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