Buscándote entre el horizonte

Ya te vas, que para eso has venido,

para irte.

 

Estamos en casa de algún amigo. La casa es grande, tiene patio y jardín. Corre un viento fresco, diferente y natural. En el salón todos charlan, ríen y beben. Yo te observo con cierto desasosiego, miro cada sonrisa tuya con esperanza, cada gesto con atención. Lo disimulo tratando de pasar desapercibido, intentando que no me mires por mucho que lo desee y que mis ojos lancen señales sonda hacia los tuyos. Decido salir del salón, al jardín. Me voy con la esperanza de que me sigas, como antaño, cuando yo me perdía y tu me buscabas y viceversa. Buscabas con tu mirada inquieta mi presencia y cuando me encontrabas te volvías vergonzosa y rojiza. Me observabas y decías alguna cosa que me sonaba a genialidad y hablábamos, conversábamos sin parar, queriéndonos, jóvenes y tímidos.

Salgo del comedor, me ves y me preguntas a dónde voy, “a fuera un rato, necesito aire” te respondo, te sonrío brevemente y salgo. El jardín es amplio, bien cuidado, y paseo, repaso mi egoteca o, dicho de forma más sutil, trato de conocerme. Reviso nuestros pasos, trato de llegar a conclusiones que terminan siendo tan abiertas como el cielo que tengo arriba. Me mantengo apoyado en un muro de ladrillo, mirando el horizonte, sintiéndome pequeño.

Te espero, hago y rehago conversaciones que nunca se darán, te creo y te recreo dentro de mi pero no sales de ese ‘adentro’. Miro triste y nostálgico el paisaje, sin encontrar un punto fijo donde establecerme pero con los ojos quietos, puestos en la inmensidad, en la añoranza, en tu silueta imaginada que me desdicha.

Pasan los minutos, te imagino dentro sonriendo, hablando, pasándolo genial, como debe ser y me maldigo por querer tenerte conmigo, despotrico de mi mismo por ser un egoísta, un maldito egoísta que te quiere para él, para vivirte, para que salgas de esa habitación y me abraces, que hablemos, que me beses con fuerza y que nos escapemos como tantas veces antes hicimos.

Ya asumo que no saldrás y yo, resignado, vuelvo a entrar sintiéndome tonto e inútil por hacer tal estupidez, por pensar que me seguirías, por crearme esperanzas y tener después que destrozarlas, que es lo peor. Entro, rendido, oigo entre murmullos, gritos, risas y demás tu voz dulce que tanto me deleita. Cuando entro me miras fijamente y me dices que estabas apunto de salir a buscarme, me preguntas si todo va bien. Te respondo sincero con una sonrisa “Ahora sí”. Me devuelves el gesto, que me anima y me reconcilia con mi interior. Me siento y me acomodo. Ya me siento mejor.

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Un pensament a “Buscándote entre el horizonte

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