La tinta que no se borra…

La voz, de aquí, de allá,

tus susurros encandilados,

todo será aire y para mi

todo será penumbra.

Y yo, tendido, que

horizontal te quiero,

horizontal te añoro,

adiós al humo,

adiós a todo.

 

“No te insinuaré que eres perfecta, se que estás hecha de carne y no de sueños y deseos, pero tu mirada marrón, tus gestos naturales y tus labios, ay… tus labios, tus labios, me vuelven a mi endeble y a ti irresistible.”

Mientras te veía venir pensaba en ello. Pero algo me paró de golpe mis pensamientos. Venías huraña, pensativa y con cara triste. Aunque esperaba algo parecido me estremeció por completo.

Sin mediar palabra me miraste, intentaste sonreír y me diste un abrazo con todas tus fuerzas mientras yo esperaba lo peor de lo peor e iba, a modo de prevención, rompiendo poco a poco mi alma antes de que cayese entera echa pedazos.

Temía que, de nuevo, mis problemas se centrasen en la incertidumbre de los vaivenes sentimentales.

Cuando te despegaste de mi me miraste fijamente y suspiraste, que si por mi fuera yo estaría echo de tus suspiros. Empezaste a hablarme de las imposibilidades de lo nuestro, dijiste “lo nuestro”, creo que era la primera vez que lo mencionabas.  Yo atendía poco a tus palabras, ya sabía cómo terminaba la historia, no era nuestra primera vez. Tus labios centraban mi atención, tu piel de ámbar, tu bonita nariz recta… Podía ser que no te volviese a ver en mucho tiempo y quería hacer una buena y fiel fotografía de ti, quería meterte bien en mi hemeroteca, me haces y me hacías falta.

A pesar de no prestar atención a lo que decías sabía de qué iba, y yo me iba haciendo pequeño y más pequeño, inútil y más inútil, más dependiente de ti, si cabe, y empecé a sentirme viejo por dentro.

Slinkachu, little people.

En el fondo, y antes de verte, sabía que me ibas a dar malas noticias, siempre que lo hacías ponías, sin quererlo, el mismo tono de voz seco y lastimoso cuando me llamabas por teléfono. Te pedí no quedar en un bar, como de costumbre, los bares ya están cansados de nuestras despedidas y después, tu recuerdo, me impide entrar en esos malditos bares con dos dedos de suciedad en su barra y otros dos más en el suelo. Me matan más tus recuerdos que un vaso de bourbon de garrafa con hielo. Así que quedamos en la calle, al aire libre, en una calle cualquiera. Así también, me asegurada de sentir lo menos posible tu olor.

Cuando terminaste todo el argumentario yo me puse la coraza que tan poco me gusta ponerme delante tuya y me lanzaste tu típico “¿estás bien?” dulce y cariñoso. Tuve el ímpetu de serte sincero y decirte que estaba “jodido, bien jodido”, pero decidí abrazarte y decirte “tranquila, ves…”. Sabía que habías quedado y que hacías tarde. Me miraste apenada y te fuiste, en parte agradecida por no darte mucho la lata. Y allí que me quedé yo, en una calle en la que empezaba a llover, mojándome de pena, con la mirada puesta en el infinito e intentando que de repente el suelo sobre el que estaba se viniese abajo y yo con él. Con tal de desaparecer, lo que fuere.

Me prometí en esa misma calle, ese mismo día, borrarte con borrador e insistencia. Por suerte no lo conseguí, al parecer esto está escrito con buena tinta y, a pesar de todo, sigues siendo mi jodida historia de amor.

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2 pensaments a “La tinta que no se borra…

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