“Sólo quiero que me quieras hoy y mañana”

Que mirarte a los ojos, es cegar al mismo Sol.

Que ver tus labios rojos, es anochecer en pleno resplandor.

Dime, dime, si aún me sueñas.

Dime, dime, si aún destellas. 

 

Estoy en un pequeño café de dos plantas, me resguardo en la planta de arriba de decoración vintage y posters de “Mi Argentina querida”, pido un café, hoy un café. Después de noches sin dormir pensándote, esperando alguna señal tuya, torturándome con tus canciones, ahogándome sin razón entre fotografías, necesito despertar y quitarme la zozobra que me pesa y se niega a marchar. Entre sorbito y sorbito a un café calentado con lava de volcán ojeo una revista que no sé ni de qué va y miro a través del ventanal por el que reencarno y doy voz a todas las personas que pasan.

Y de repente apareces tú, te veo apoyada en un coche hablando por teléfono, en frente mía, a apenas 15 metros de distancia. Aparecida de la nada. Todo lo demás se acelera a ritmo de vértigo pero tú, tu imagen casi se congela, te mueves lenta y se te ve feliz. A momentos me viene el olor de tu perfume que me embriaga o el recuerdo de tus abrazos apasionados y de cuando me frotas la mejilla o me miras con tus ojos brillantes.

El alma se me ilumina y me levanto tratando de que no me veas, no me sienta bien dormir poco. Estás indecisa, esperando a alguien. A mi me basta con tenerte cerca, con sentirte próxima, ver que estás bien, llenarme de ti, de tu color…

Me apoyo en el marco del ventanal, embriagado por tus gestos y sonrisas. Apuntalado en esa ventana polvorienta con cara de completo tonto e ingenuo pensando que si por algún casual levantarías la cabeza y me verías, observándote, con mis ojeras y cara casi de muerto viviente y, o bien darías un grito de horror o me regalarías una sonrisa tuya, cómplice de mi otra sonrisa. Preferiría que no me vieses, ese momento no era para las palabras, al menos para las mías. Es el instante de las cosquillas en la barriga, de una sonrisa indecisa e inevitable, de tener la certeza de que soy un idiota enamorado que no para de suspirar y que vive una jodida historia de amor que no sé hasta cuándo durará. No es el momento de dedicarte el poema más bonito del mundo o las palabras más intensas jamás escritas, es mi momento de vivir lo que siento por ti desde la distancia. Es (eres) mi enfermedad, mi debilidad jodidamente bonita y pavorosa a la vez. Es el momento en el que se me humedecen los ojos no sé porqué, sin ganas de llorar pero emocionado de saber que existes, que existe alguien como tú que me hace sentir esta maldita enfermedad.

Me viene al recuerdo, en esa misma calle en la que estás, refugiados de la lluvia en un portal, cogiéndonos de la cintura el uno al otro, mirándonos, deseándonos, y me besabas, me besabas y me volvías a besar. Empapados, por completo, mojados hasta los párpados, y me besabas… Me dijiste “sólo quiero que me quieras hoy y mañana”, y nos besamos.

En la otra parte del ventanal, en la realidad, permaneces apoyada en un coche, manoseando el móvil. Parece que envías un mensaje que yo deseo que sea para mi pero que sé que no llegará. Cuando lo guardas espero alguna vibración en mi bolsillo que no aparece, me pregunto si aún deseas que te quiera hoy y mañana.

Te reincorporas y caminas sonriente hacia una amiga tuya, a la que abrazas, le dedicas palabras bonitas y os vais, lejos de mi, dejando atrás mis recuerdos del día de lluvia y tus besos imaginarios y mojados.

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