La chica de rojo I, el bar

n colpet de Lleonet, Raül Botella. 'Raül, sempre bategant'.

Un colpet de Lleonet, Raül Botella. ‘Raül, sempre bategant’.

Desde hace unos años mis amigos y yo solemos frecuentar los fines de semana un bar. El bar en cuestión podríamos decir que cumple los requisitos como para catalogarlo de bar cutresalchichero, mugriento, que parece ser regentado por el más guarro de los orcos de la Tierra Media.

El bar guarda entre su mugre, su polvo y suciedad, años de historias, de vivencias, de amores y desamores y sobretodo, sobre todo sobre todo, de borracheras, lustros y lustros de cogorzas insanas y de alguna que otra memorable.

El local contiene ese asqueroso encanto que le da el paso del tiempo: azulejos amarillentos y pegajosos que ahora serían califiados como vintage; máquina tragaperras con el ludópata anclado a ella entregando su vida y dinero a una caja con luces parpadeantes; olor a fritanga acompañado, a veces, por ese olor a tabaco que ya tan poco se huele en los bares, afortunadamente, y que de vez en cuando se cuela a manos de algún insurgente; huesos de aceituna mascados en el suelo, que llegan a ocupar pequeñas aglomeraciones en las proximidades de la barra. Bar rinconero, bar de historias ahogadas con bourbon barato, bar de carajillo, de olvidos amargos y de sábados largos, de gritos y risas descontroladas, de vómitos en el aseo.

Al fin y al cabo todo transcurre en un ambiente de cierto descontrol, de conversaciones con borrachos habituales y a la espera de una cuenta previsiblemente inventada que, al final y de forma enigmática, termina beneficiando tanto al viejo dueño, de delantal manchado y de bigote descuidado, como a nosotros. Todos contentos y a la puta calle.

La razón de frecuentar ese tugurio no es ni mucho menos un sentimiento neobukowskiano de la chusma, si no más el encuentro con un ambiente que nos protege de barullo indeseado -ese que no creas tu-, de cuentas que te dejan sin respiración cuando las ves o de las conglomeraciones excesivas.

Por otra parte, y como es de esperar, con los años que llevamos allí no hemos visto pasar por allí a una mujer que levantase los ánimos a la panda de viciosos que frecuentamos el local.

Hasta que llegó. Hasta que llegaste.

La chica del vestido rojo. Joder, la chica de rojo.

¿Sabes? Esa sensación de que se para por una jodida vez el frenético segundero. Esa sensación de que todo desaparece menos la persona a la que observas. Esa sensación con olor a perfume que te revuelve el esófago.

Es cuando empiezo a imaginar. Cuando te hago casi un tercer grado mental preguntándote de dónde has salido.

Preguntándote porqué coño has entrado al bar más mugriento y roñoso que hay en 100 km. a la redonda.

Porqué tu sonrisa y tu caminar consigue frenar mis ganas de vomitar.

Cómo coño consigues darle belleza a ese cuchitril sólo con tu encanto y tu forma de caminar.

Me pregunto si me mirarás. Si me sonreirás.

Total, que entras, compras tabaco y te vas.

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