Cuánto me gustaría ser madera,
hierro, granito o lana,
y retener todo ese calor
que das al mundo.

Conservar todo ese perfume
en mis adentros, floreciendo.

Ser de la materia que tocas todos los días:
suave, cálida; y que ves sin mirar.
Las cosas con las que despiertas,
las que te ven abrir los ojos o bostezar.

Mirar lo que eres,
distraerme en lo que dices.

M.C.S.

Invictus, el poema de un hombre inconquistable

El inconquistable Willian Ernest Henley

Invictus, del latín, invicto o inconquistable. Este es el nombre que recibe el poema más célebre de William Ernest Henley (1849-1903). Ya de niño sufrió tuberculosis y, como consecuencia, la amputación de una pierna. Este poema en concreto lo escribía en 1875, a los 24 años de edad y desde la cama de un hospital debido a sus problemas de salud constantes. A pesar de su maltrecha salud vivió una vida activa hasta su muerte a los 53 años.

El poema originario fue escrito en inglés, W. Ernest Henley era inglés, no obstante hay numerosas traducciones en internet cada cual más decepcionante. Ayudado de la traducción de Juan Carlos Villavicencio, que es la versión que más se adapta a la idea que tengo sobre el poema, me he tomado la libertad de traducirlo a mi gusto, siempre guardando el mensaje y, modestamente, intentando mejorar traducciones anteriores.

Invictus, el poema de un hombre inconquistable:

Más allá de la noche que me cubre

negra como el abismo insondable,

doy gracias al dios que fuere

por mi alma inconquistable.

 

En las feroces garras de las circunstancias

ni me he lamentado ni he gritado.

Bajo los golpes del azar he sangrado,

más no me he doblegado.

 

Más allá de este lugar de ira y lágrimas

es inminente el horror de la oscuridad

y sin embargo la amenaza de los años

me encuentra y me encontrará sin miedo.

 

No importa cuán estrecho sea el camino

o cuán cargada de castigos la sentencia,

soy el amo de mi destino:

soy el capitán de mi alma.

19º

Tu mudez es tibia,

me asusta.

Resbalo inseguro por el andén

mientras veo tu marcha callada.

Tiemblo al unísono del motor,

horrorizado de verte alejar.

Me extingo como el humo locomotor.

Todo el recuerdo se me queda atrás,

me quedó preguntarte si aún me amarás.

Me esfumo como el carbón quemado.

El agrio del momento me alcanza,

quisiera rendirme, ¡bandera blanca!.

Universo maldito, capitulo esta vez.

Viviré enajenad de tu sabor, triste,

oliendo la ropa prendada de ti.

Despertaré, sólo de nuevo, sin verte,

tomando la pena que me da el no haberte.

No me ofrecerán tus labios ser besados,

los míos se secarán del dolor,

de la angustia de no rozar tu piel de aceite.

La voz, de aquí, de allá

tus susurros encandilados,

todo será aire, y para mi,

todo será penumbra.

Y yo, tendido, que

horizontal te quiero,

horizontal te añoro,

adiós al humo,

adiós a todo.

13º [En tus noches]

Tus noches maduran junto a las estrellas

que posan quebrando la atmósfera oscura.

 

Mientras el cielo se convierte

en el escenario de los sueños

tú y yo retamos a la noche

manteniendo nuestro desvelo,

observando los luceros.

 

En tus noches brilla la Luna

como una rosa plateada

que endulza el ambiente

y crea el fervor de la mañana.

 

El hálito crepuscular asciende

en la oscuridad maltrecha,

herida por nuestra vigilia,

joven e indiferente.

 

En tus noches el rocío

cala en mi cuerpo amado

y refleja el deseo clandestino

embelesando mi alma atada.

 

La mudez del cielo

colorea tu tez blanquezina

y carga de diamantes

el albor candoroso y fresco.

 

En tus noches, si tu belleza adoleciera,

en tus noches, si tus labios no fueran,

en tus noches, si yo adormeciera,

en tus noches, si yo muriera,

sería la brisa que te visitara

para recordarte que, en tus noches,

toda tu eres mi estrella.

 

 

Mauro Colomina Soler

Gener de 2012

Todo lo que tocas se convierte en vida,

guardas mis anhelos bajo llave

junto a los besos que un día nos dimos.

 

Todo lo que miras se convierte en deseo,

acaricio tu piel de seda

en una noche frenética, inolvidable.

 

Olías como huelen los ángeles,

dulce y delicada flor de jazmín delirante,

tanto espacio teníamos y tan poco quisimos.

 

La noche, teñida de rojos, cargada de estrellas,

nido de amor, nido de hadas, eres la más bella.

Nuestros besos volaban como mariposas,

se entrelazaban, rompían y gozaban.

 

Ansia de recuperar lo que una noche fue,

caricas, besos, dulzura, palabras, las tuyas.

Todo lo llevas puesto, hasta mi alma,

que se creía inconquistable, antes de verte.

 

Besos caprichosos, retratos perdurables,

veo como dejas huella al marcharte,

mi cuerpo tibio, mis labios rojizos de amarte.

 

Amor víspero e ingrávido, se mantiene

flotando por la noche, náufragos por el cielo,

alumbrada por la Luna, inagotable.

 

Sirenas de las sombras, entrelazamos las manos

y juntas palpitan rendidas a las caricias.

 
Si yo nunca probase tus labios,

yo nunca sería.

 

 

Mauro Colomina Soler

Gener de 2012