Recordando Gladenbach

El invierno vino traicionero, sin esperarlo me llegó un frío siberiano que congelaba las mismas pestañas y que me obligaba a mi, a un friolero empedernido, echarme capas y más capas encima para soportar el viento helado y el ambiente glacial.

Aún me parece ayer cuando viajaba a Alemania el septiembre pasado para visitar a M y demás amigos. Visitaba Gladenbach algo más de 5 años después de la vez anterior. El reencuentro fue muy agradable, Gladenbach no envejece, todo lo contrario, la vi rejuvenecida, continuaba con ese olor peculiar, mezcla de hierba, madera y cierta humedad. Aire fresco y puro. M y yo solíamos caminar por las calles del pueblo con modorra matutina por lo general. Por lo que tomábamos, con cierta asiduidad preocupante, bebidas energéticas del supermercado para tratar de quitarnos la pesadez de los párpados y reciclábamos las latas -30 céntimos por cada una-, que volvíamos a invertir en bebida energética, cerveza y patatas fritas picantes.

Mi regreso a Alemania fue un reto personal. En julio del año pasado terminó para mi una fase de mi vida y debía empezar otra -por mucho que me negué e intenté retrasarla-. Visitar ese lugar de nuevo, donde empezó mi anterior fase, era como una despedida. Empecé mi anterior fase y la terminé en el mismo sitio, esa era la intención y, más o menos, lo conseguí o, al menos, me ayudó.

Pasé 10 días en Alemania, para M era todo un reto tratar de ocupar esos 10 días con quehaceres entretenidos. Lo consiguió con creces, aunque a mi no me importaba pasar 9 de los 10 días en el mismo pueblo, viviendo y visitando tranquilamente a los amigos y viendo series con M por las noches hasta las tantas de la madrugada mientras tomábamos cervezas de trigo o apfelwein -una bebida típica de Frankfurt, parecida a la sidra y que mezclábamos con cola- y comíamos panecillos con mantequilla y jamón ahumado. Lo bueno es que además de ver series, cervezear y comer también visitábamos lugares interesantes, veíamos a amigos y salíamos de fiesta.

La última noche que pasé en Gladenbach fuimos a casa B, vimos una película y capítulos de South Park en inglés en una especie de sala multimedia muy acogedora mientras bebíamos apfelwein cola. Ya entrada la madrugada nos tocaba volver a Gladenbach, que quedaba a una hora, más o menos, a pie. La vuelta fue francamente reconfortante por un sendero donde la noche inundaba el camino, la oscuridad nos rodeaba a M y a mi, sólo la Luna y las estrellas radiaban algo de luz nocturna. Caminábamos entre campos de cultivo, por una vereda de tierra. No hablábamos, estábamos disfrutando del silencio, de la tranquilidad y la grandiosidad de esa vista y del momento. Echaba con frecuencia la mirada al cielo, inmenso, nunca antes lo había visto tan majestuoso, tan imponente. Las estrellas brillaron más que nunca, el cielo de un azul intenso me llevaba y sonaba una pequeña sinfonía dulce, nostálgica. Aunque hubiese querido no podría haber quitado de mi cara la sonrisa y la felicidad que me acompañó durante toda aquella noche. Me sentí pequeño, afortunado, repleto… vivo.

Me gusta recordar algo que dijo el poeta inglés Samuel Butler: “Memoria y olvido son como la vida y la muerte. Vivir es recordar y recordar es vivir. Morir es olvidar y olvidar es morir.”

Me siento vivo.

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