Nova poesia alcoiana. Poemes entre telers (I)

'Nova poesia alcoiana. Poemes entre telers (I)'

‘Nova poesia alcoiana. Poemes entre telers (I)’

Per als que no el coneixíeu ací vos presente al meu primer fill -compartit- ‘Nova poesia alcoiana. Poemes entre telers (I)’, una amiga m’ha dit que te els ulls del pare, jo no sé si els ulls, però sí que ha eixit de lletres i alcoià.

La meua part del poemari s’anomena ‘De recordar-te i altres formes de doldre’m’ amb poesia d’amor i desamor, de pèrdues i de reencontres, vaja, del que ve sent allò que anomenem ‘la vida’.

A mi que això de tancar la meua ànima entre fulles de paper, en un espai inalienable, em feia vertigen al final m’ha pogut l’amor irracional d’allò material i de col·locar un llibre en el que he participat entre Bukowski i García Márquez.

Espere que vos agrade, ha quedat molt guapet i les poesies, més enllà de les meues que no valoraré, estan de luxe, amb moltíssima varietat d’estil i amb una gran qualitat.

Gràcies a tots els que ho heu fet possible.

Las otras manzanas de Newton

Hacía unas semanas que no la veía. Las cosas con la chica de rojo habían terminado algo bruscas cuando me declaró que tenía pareja, aunque vivía fuera y últimamente se habían visto muy poco. Simplemente le dije que me había sentido algo engañado y utilizado. Ella se ofendió y me echó algunas cosas en cara que, si bien eran ciertas, no entendí.

Según me dijo, ella y su pareja, habían tenido una fase de distanciamiento en la que se habían dado un tiempo porque no tenían claro el encaje de la relación dentro de sus vidas. Yo, parece ser, llegué en ese paréntesis.

Al final, según me contó, los cauces de ella y su novio-medio novio-no tengo muy claro el qué volvieron a juntarse y me pidió que, por favor, rompiésemos todo contacto entre nosotros.

Eres pura criptonita para mi.

Eso fue lo que me dijo. Supuse que era malo para mi, que me dejaba en una posición en la que era o todo o nada.

Me tenía que conformar con la nada.

Como decía. Hacía semanas que no la veía. Me la encontré en un pub. La noche tiene eso, a veces te reencuentra con tu pasado y si vas con tres copas de más te teletransporta a él a la velocidad de la luz.

Estaba de camarera en un local que se llena de jóvenes ansiosos por tomar sus primeras copas baratas de la noche y de la vida. Los amigos y yo vamos tarde, cuando la mayoría de chavales se han ido y uno se puede apoyar tranquilamente en la barra sin tener que dar codazos para llegar a ella; sin tener que avanzar entre ‘mascachapas’ que te van perdonando la vida conforme pasas por su lado; o sin tener que chocarte con adolescentes experimentando sus primeras borracheras en las que a duras penas se tienden en pie y avanzan como ‘zombies’ con los ojos perdidos y sus estómagos a punto de decir basta.

La noche esa, como de costumbre, llegamos allí tarde. Como hora y media antes de que cerraran oficialmente. Digo oficialmente porque una vez cerrado oficialmente se agacha la persiana a medias y se abre el pub a aquellos que aún disfrutamos haciéndonos una copa tranquilamente y charlando. Además se puede fumar. A mi me jode, porque no fumo y me llena la camisa o el suéter del olor horrible del humo. Pero bueno, no es cuestión de ponerse quisquilloso, y menos un sábado a las seis de la mañana.

La chica de rojo estaba trabajando en ese local, de camarera. Aunque no llevaba el vestido rojo para mi siempre será la chica de rojo o la de rojo. No llevaba ese vestido pero llevaba otro negro. No dejaba de ser para mi una jodida tentación con piernas morenas y cintura breve. Al verla sentí cierto dolor que, creo, supe disimular con éxito. Supongo que aún tenía a parte de ella dentro de mí. Algo enquistado, envenenado o jodido, no sé, pero estaba ahí, hurgando.

Me saludó. Parecía ilusionada por verme y le brillaban los ojos. Me abrazó y mientras hablábamos de lo bien que nos iba en la vida tenía posada su mano sobre mi hombro. No pude evitar cierta felicidad, cierta satisfacción por ver que yo no había desaparecido para ella. Aún.

Me invitó a la primera copa. Las demás las pedí a la otra camarera y las pagué de mi bolsillo. No quería sentirme en deuda con ella.

Yo me mantenía firme en la barra, hablando con un colega sobre tías y sobre su vida en el extranjero y lo difícil que le estaba siendo adaptarse de nuevo a la ciudad. No recuerdo muy bien ni cuándo ni porqué se fue.

Cuando se marchó me quedé un instante buscando a los demás amigos con la mirada. Noté una mano cálida que tocaba la mía apoyada en la barra. La chica de rojo me miraba fijamente con una sonrisa. La típica sonrisa de camarera que por norma ha de ser simpática son sus clientes. Aunque mucho me temía que no era la típica sonrisa de una camarera a su cliente.

Se acercó apoyó en la barra y hablamos.

¿Te quedas hasta que termine? Hoy cierro yo.

No, creo que mejor no.

Vale, qué pena.

Ahí terminó nuestra conversación, ella se fue a servir a algún borracho con una media sonrisa triste y yo fui a continuar bebiendo en comunidad, con mis amigos que, como yo, llevaban una guitarra considerable.

Fui al aseo en algún momento de la noche y al volver ya no quedaba ninguno de mis amigos. Sólo ella, la chica de rojo sin el vestido rojo, mochando.

¿Tanto he tardado en el aseo?

No… Tus amigos se han ido.

¿Les has dicho algo? ¿Dónde se han ido?.

Yo no he tenido nada que ver. No sé dónde se han ido…

Me dejé caer en una silla. Como desolado y sin querer pensar en nada. Cansado de beber. Con el cuerpo echado hacia atrás y las piernas abiertas mirando a la pared anaranjada del pub que para mi representaba en ese momento el infinito.

El infinito se difuminó cuando la de rojo pasó por delante mía. Me traía un cóctel colorido que me dijo que me gustaría. Me gustó y lo iba tomando con tranquilidad, mirando hacia esa pared plana y lisa, impersonal.

La verdad, la estaba esperando. Había demasiadas cosas que me retenían: su sonrisa iluminada, su pelo frondoso, su olor zarandeante, su desnudez de abrazo dulce, ese algo sin alcohol que me revolvía el estómago, el recuerdo de sus besos robados…

Terminó de despachar a los cuatro majaras que aún quedaban y que mientras dejaban el pub cosechaban sus últimos piropos dignos del albañil más experimentado en halagos.

Eso es carne y no lo que echa mi mujer a la olla…

Y la persiana terminó por bajarse del todo. Nos quedábamos en el local ella y yo, a solas.

Continuaba mirando la pared. Intentando mantenerme tranquilo.

Ella se puso delante mía, y como aquella primera noche en que la conocí, ya de madrugada y a las puertas de su casa, se inclinó para darme un beso en la frente. Con su inclinación pude descubrir, me parece que intencionadamente por su parte, sus dos pechos con -casi- toda su inmensidad.

Newton fue un pobre infeliz que descubrió una ley que vale para las malditas manzanas, pero no para las tetas de la chica de rojo.

Las letras que se comen

Pawła Kuczyńskiego

Pawła Kuczyńskiego

Estamos acostumbrados a las letras que se leen. A juntar esos símbolos que trazamos con mayor o menor gracia o que tecleamos con mayor o menos destreza. Para nuestra sociedad las letras se descifran, se analizan, consiguiendo establecer una imagen de ese rastro de letras juntas. La ‘m’ con la ‘a’ y con la ‘n’, ‘man’; la ‘z’ con la ‘a’, ‘za’; la ‘n’ con la ‘a’; ‘na’. Y por arte de magia, a raíz de un proceso mental que se nos enseña en el colegio, creamos palabras, palabras que se leen, que se pronuncian, que se gritan o que se susurran.

Cuando viajas hacia el sud, hacia tierras áridas o selváticas. Hacia donde la pobreza no se mide por el número de ceros en la cuenta corriente, sino por el número de gramos de trigo almacenado. En ese sud las letras pasan de leerse a comerse. El mundo que tenemos abajo -geográficamente, no jerárquicamente-, no conoce de esa creación de las palabras, no conoce del efecto de juntar letras para crear ‘manzana’. Para ellos la manzana nace en el árbol y, si hay suerte, muere en su tripa. Sus letras no se leen, sus letras se comen.

Cinco palabras les unen, les separa su significado.

The Lady in red

<<En las historias, en los relatos -y más en aquellos contados en primera persona-, siempre hay alguien al otro lado, alguien que no tiene la oportunidad de contar su historia desde una óptica diferente a la ya narrada. Remitiéndonos a la historia anterior, esta vez una gran amiga ha tenido la astucia y valentía de publicar des de la otra parte. Y, la verdad, ha salido algo jodidamente bonito. Gràcies Mainés.>>

 

Esa noche me puse mi vestido rojo, hasta los pies. Me gusta que vuele cuando ando y se pegue a mi cuando bailo.

Había salido tan tarde de casa que no pude más que correr calle abajo esperando encontrar un cartel iluminado que me señalara un bar. Antes de llegar al pub quería fumarme un cigarro, tranquila. Mientras corria lo ví. El frenazo en seco hizo que mi chaqueta se deslizara hombro abajo y que mi pelo se alborotara.

The Lady In Red, Chris de Burgh

The Lady In Red, Chris de Burgh

Abrí la puerta. No había visto ese bar en mi vida, el suelo ensuciaba los bordes de mi falda; las mesas, llenas de hombres cansados de vivir. A ninguno le quedaba más de un trago en la copa. Avancé observando y ahí estaba, él, camuflado entre las sombras de luces amarillentas y humo disperso, de ese que ya no se huele en los bares.

Él, el chico de la chupa negra, con la mano pegada al bourbon y rodeado de gente joven.

Era diferente.

Lo miré, quise que me mirara, no lo hizo.

Compré tabaco y salí del bar sin mirar atrás por miedo a que ese ambiente turbio y desaliñado, pero que en cambio te atrapaba, había algo que te pedía quedarte. Algo que te decía que allí no la presencia no se contaba por personas, si no por copas, que la importancia que tenías era la importancia que tu misma querías darte.

Mientras bajaba la calle sin prisas y con el cigarro que ansiaba fumar pensé: Te equivocas, de esos bares no se salva nadie.

La chica de rojo I, el bar

n colpet de Lleonet, Raül Botella. 'Raül, sempre bategant'.

Un colpet de Lleonet, Raül Botella. ‘Raül, sempre bategant’.

Desde hace unos años mis amigos y yo solemos frecuentar los fines de semana un bar. El bar en cuestión podríamos decir que cumple los requisitos como para catalogarlo de bar cutresalchichero, mugriento, que parece ser regentado por el más guarro de los orcos de la Tierra Media.

El bar guarda entre su mugre, su polvo y suciedad, años de historias, de vivencias, de amores y desamores y sobretodo, sobre todo sobre todo, de borracheras, lustros y lustros de cogorzas insanas y de alguna que otra memorable.

El local contiene ese asqueroso encanto que le da el paso del tiempo: azulejos amarillentos y pegajosos que ahora serían califiados como vintage; máquina tragaperras con el ludópata anclado a ella entregando su vida y dinero a una caja con luces parpadeantes; olor a fritanga acompañado, a veces, por ese olor a tabaco que ya tan poco se huele en los bares, afortunadamente, y que de vez en cuando se cuela a manos de algún insurgente; huesos de aceituna mascados en el suelo, que llegan a ocupar pequeñas aglomeraciones en las proximidades de la barra. Bar rinconero, bar de historias ahogadas con bourbon barato, bar de carajillo, de olvidos amargos y de sábados largos, de gritos y risas descontroladas, de vómitos en el aseo.

Al fin y al cabo todo transcurre en un ambiente de cierto descontrol, de conversaciones con borrachos habituales y a la espera de una cuenta previsiblemente inventada que, al final y de forma enigmática, termina beneficiando tanto al viejo dueño, de delantal manchado y de bigote descuidado, como a nosotros. Todos contentos y a la puta calle.

La razón de frecuentar ese tugurio no es ni mucho menos un sentimiento neobukowskiano de la chusma, si no más el encuentro con un ambiente que nos protege de barullo indeseado -ese que no creas tu-, de cuentas que te dejan sin respiración cuando las ves o de las conglomeraciones excesivas.

Por otra parte, y como es de esperar, con los años que llevamos allí no hemos visto pasar por allí a una mujer que levantase los ánimos a la panda de viciosos que frecuentamos el local.

Hasta que llegó. Hasta que llegaste.

La chica del vestido rojo. Joder, la chica de rojo.

¿Sabes? Esa sensación de que se para por una jodida vez el frenético segundero. Esa sensación de que todo desaparece menos la persona a la que observas. Esa sensación con olor a perfume que te revuelve el esófago.

Es cuando empiezo a imaginar. Cuando te hago casi un tercer grado mental preguntándote de dónde has salido.

Preguntándote porqué coño has entrado al bar más mugriento y roñoso que hay en 100 km. a la redonda.

Porqué tu sonrisa y tu caminar consigue frenar mis ganas de vomitar.

Cómo coño consigues darle belleza a ese cuchitril sólo con tu encanto y tu forma de caminar.

Me pregunto si me mirarás. Si me sonreirás.

Total, que entras, compras tabaco y te vas.

El cambio de papeles

Eso que te encuentras a una amiga de la infancia por la calle después de siglos sin verla y piensas “Joder”. Es lo que pasa, la gente cambia, crece y, en este caso, mejora -y mucho-. Hay un intercambio de teléfonos móviles, no me dice que me llamará pero sí que me enviará un Whatsapp, que estamos ya en el siglo XXI, dice quiere quedar conmigo, para tomar un café y eso.

Llego a casa y recibo el Whatsapp prometido, me escribe que se alegra de verme, y yo de verla a ella. Continúan las cordialidades y me propone quedar. Quedo con ella, en un café a tomar algo, llega puntual y nos sentamos. Me da la sensación de que es una chica con un cuerpo -cuerpazo- de veintipico con una seguridad en ella misma digna de una mujer habiendo sobrepasado la crisis de los cuarenta, y eso me languidece.

Me digo “Cuando venga el camarero pediré antes que ella para que no crea que soy un hombre dubitativo, que tengo seguridad conmigo mismo.”, me paso la caballerosidad por el forro y pido primero, me pido un bombón, como dice mi madre, el café para aquellos a los que no les gusta el café, la cosa está en que a mi me gusta el café, pero bueno, adelante con el bombón. Ella se pide un whisky con hielo y de repente mi bombón se convierte en una chocolatina de Hacendado derretida. Me mira y ve mi cara de imbécil, de pringaillo, del mismo yo que conoció con 8 ó 9 años, boquiabierto por haberse pedido un whisky a las cuatro de la tarde, y ¡joder!, cómo lo admiro.

Total, que hablamos, ella está de aquí para allá, ha cumplido el sueño que perseguía desde su infancia y ahora es una actriz que, si bien no le llueven los papeles para el teatro, vive dignamente de ello y viaja más que el propio Willy Fog –Willy Fox, en nuestra época-. Yo le cuento un poco mi vida, que suena a la vida de siempre, en la ciudad de siempre, en la casa de siempre, con los amigos -más o menos- de siempre y mis pequeñas aspiraciones de siempre, así que más aburrido, pienso, no puedo sonar.

El legendario aventurero y amigo Willy Fox.

Ella se termina su whisky de doce años casi más pronto que yo mi bombón y me pregunta si me voy a pedir otra vez alguna mariconada o si de verdad quiero algo que anime el espíritu, que ella invita. Resulta que ha cobrado su última gira de dos meses por Colombia y México. Y qué mierdas le cuento yo: que escribo relatos amariconados y ñoños de vez en cuando o que vivo aún en casa de mis padres. No sé qué cosa de las dos es más apasionante…

Como decía, me pido un gin tonic. A raíz de mi petición me pregunta si me he vuelto un moderno. ¿Lo dices por mis pantalones verdes? ¿Por mis gafas de pasta? ¿Por mi camisa entreabierta? ¿Por mi bufanda a modo de decoración? Pienso para mi mismo. Le digo que no, que la verdad es que descubrí ese brebaje mucho antes de que adquiriera la celebridad que tiene ahora -no mentía-. El camarero me pregunta si lo quiero con pepino, con pomelo, con mango, con flores de noséqué o nosédónde, con especias, si la tónica la quiero Premium, con aroma a limón o naranja… Antes de que termine la interminable lista de atrocidades que puede sufrir un sencillo gintonic le digo que lo quiero como el de toda la vida, como el que se hacía hace doce años, ginebra, tónica normal y corriente y con un par de pequeñas tiras de piel de limón. El hombre se extraña y eleva los hombros como preguntándose de dónde coño he venido. Mi amiga ríe y me dice que soy de los suyos. Me cuenta la historia de que una vez fue a una reputada coctelería de Madrid donde pidió un gin tonic y se lo sirvieron con frutas, flores y adornos varios. Sabía de todo menos a gin tonic. No recuerdo si me dijo que el precio de esa infamia fueron 12 ó 15 euros. Creo que este nos costará un poco más barato, le digo.

Continuamos hablando, la tensión que incluyen los primeros encuentros desaparece y cuando miramos el reloj se nos han hecho las diez casi. Decidimos, con algunas copas dentro del cuerpo y con el espíritu bastante animado, salir en busca de un bar donde cenar. Hay suerte y encontramos un bar cerca, bastante bien de precio y de, aparentemente, buena calidad. Nos sentamos y pedimos, mientras esperamos la comida hablamos y cerveceamos. Las palabras ya nacen solas, sin presión, sin nerviosismo. En ellas caben recuerdos de la niñez, como la vez en la que me caí de morros en un charco, como si de una grabación de Videos de Primera se tratase, por tener los zapatos desatados o la vez en la que ella se quedó encerrada, durante una hora, en el vestuario de chicas después de una clase de gimnasia, y en la que, durante esa hora, nadie echó en falta su presencia en clase. “No sabes la cantidad de cosas que descubrí que se pueden hacer durante una hora en un vestuario” me dice mientras rie. Joder, qué sonrisa, pienso yo.

Hablamos de su futuro, de mi futuro, de lo que espera de la vida, de dónde se ve dentro de diez años, de si sabe algo de éste o del otro…

El mismo Giacomo Casanova. La verdad que no era lo que esperaba, no habéis sido los únicos decepcionados al conocer al famoso ‘Casanova’.

Como podéis imaginar la chica me empieza a atraer cada vez más y más y ella se muestra cariñosa conmigo, me coge de la mano, me mira y sonríe, me dice que me sienta bien la barba corta. Vaya, no soy ningún Casanova pero me defiendo.

Salimos del bar y está lloviendo, vamos con cierto grado etílico que nos lleva a que no nos importe mucho mojarnos -a mi no me importa ni sobrio ni ebrio, la verdad- y recorremos el camino saltando por las calles, nos abrazamos de vez en cuando pero el beso se resiste, ninguno de los dos da el paso. Caminamos por las calles, vamos a un par de pubs del centro y tomamos algo con tranquilidad, en el segundo nos encontramos, ¡anda qué casualidad!, a un par de amigos en común, saludamos y nos quedamos un buen rato charlando con ellos. Nos terminamos la copa y decidimos irnos, no sabemos dónde, pero irnos.

Al final la acompaño a casa, me viene de paso, aunque si no me hubiese venido también la hubiese acompañado. Llegamos a el portal de su casa riendo y borrachos como cubas. Se para en el pórtico y me da un beso, el jodido beso más esperado de toda mi vida. Un beso que me sabe a gloria, dulce, melancólico.

La miro fijamente, tiene unos ojos espectaculares, oscuros e intensos. Supongo que espero a que me invite a subir. Al final me da otro pequeño beso y me dice algo así como “no quiero que algo tan bonito y apasionado acabe convirtiéndose en una cosa extraña y complicada, he estado enamorada de ti desde que te recuerdo, en segundo de primaria, y tú sin enterarte, idiota, te he esperado años y años y nada, tú a la tuya y ahora que te tengo en la palma de mi mano te voy a decir que no, no porque no quiera, no porque no te desee, no porque no me gustes, ‘no’ porque no quiero volver a depender de ti, no quiero volver a ser esa niña insegura que se despertaba por las mañanas intentando hacerse un peinado y ponerse una ropa para que te gustase, esa niña que intentaba imitar tu redonda letra, esa niña que su color favorito era tu color favorito, que su día de la semana favorito era el tuyo, que si tu decías ven, iba y que si me pedías un lápiz te daba el mejor, el más nuevo y bonito… y es que no sólo se quedó ahí, en secundaria lo que sentía por ti no paró. Cuando me enteré de que nos cambiarían de clase en tercero fui a hablar con la secretaria a suplicarle que nos pusieran en la misma clase, y lo conseguí. Joder, no se si me entiendes, no quiero volver a ser esa niña tonta y dependiente de ti. Has tenido tu momento, yo ahora quiero tener el mío.”

Noté que me dijo esas palabras sin rencor, o eso quiero creer. Me acarició mi cara descompuesta y blanca como la de un muerto.

Mientras decía todo lo de su infancia, todo lo que había hecho por mi, me iban viniendo recuerdos de ella, mirándome y sonriendo, preguntándome si me gustaban sus coletas, su falda o su blusa de estreno veraniego, la recordé esperándome para acompañarme a casa aunque no le viniese de paso a la suya, chivándome las respuestas de un examen… No lo supe ver, o no lo quise ver. Ahora todo estaba más claro. Eso sí, tarde, demasiado tarde.

Me volvió a besar, esta vez con una lágrima incluida cayendo por su mejilla. Me dedicó un hasta otra  y entró en su casa, sin mirar atrás, dejando conmigo el sabor y el recuerdo de esa niña insegura que había sido en un pasado para continuar siendo la mujer firme y tranquila misma que había conocido ese día.

Y nada, yo me fui a casa, con los recuerdos de la infancia yendo y viniendo, rememorando momentos en los que ella se dejaba la piel por mi. Y es que me sabe fatal no haberme enterado antes, no hubiese estado de más agradecérselo o reconocérselo en su momento, porque la verdad, a mi no me desagradaba nada la chica, no sé.

Me parece que se desvivía un poco por mi.

Ya ha pasado como un mes de eso y lo llevo mal, bastante mal. Joder, me siento culpable y, la verdad es que ella me gusta, me gusta mucho. Vamos, una puta movida.

En fin, supongo que como ella hasta hace unos años.

Las cosas ‘insignificantes’

Recuerdo como si fuese ayer cuando me dijiste que te encantaría tener recuerdos de las cosas que, a primera vista, parecen las más insignificantes en la vida, esas que se escapan fácilmente de la memoria.

Después me dijiste que si me importaba que muchos de esos recuerdos fuesen conmigo. Sonreí y te besé. A veces vale más no decir nada.

Tus palabras bien valieron un espacio para mi y a partir de ese día me dedico en parte y siempre que puedo, a recoger, comprender, guardar y cuidar parte de esos recuerdos. De mi memoria histórica. La memoria histórica está llena de pequeñas historias y relatos fantásticos sobre lo más banal. Siempre siento que, cuando recuerdo pequeñas historias, anécdotas, hay algo que nace dentro de mi. Me siento más vivo.

Me gusta recordar, por ejemplo, cuando mi padre me despertaba todas las mañanas con el Canon de Pachelbel. Me decía que era perfecta para despertarse porque, como sabéis, es una obra con una sucesión en la que en cada serie se le añade un instrumento. Era una forma de despertar progresivo. Dulce.

Me gusta recordar el olor de mi hermano cuando era bebé. El olor a bebé en general. Olor inocente, sencillo.

Me gusta recordar el sonido de las hojas cuando hay viento. El bosque al que fuimos una vez y en el que nos quedamos rodeados por centenares de árboles con sus hojas acariciándose acompañadas por el viento.

Me gusta recordar las mañanas de sueño que valieron la pena. Las madrugadas frías con el coche yendo sin rumbo, al infinito más próximo que encontrásemos. Eran mañanas de besos, de café frío, de sitios y parajes desconocidos.

Me gusta recordar tus ‘buenos días’ mañaneros en los que me despertabas y me mirabas con los ojos entreabiertos y con una sonrisa. Era cálido, sincero, tuyo.

Me gusta recordar la ensalada con guacamole-queso-jamón-canónigos-cebolla deshidratada-etc. que hice y que tanto te gustó. Si bien no me valió una estrella Michelín estuvo ahí ahí…

Me gusta recordar que hay vida en los detalles pequeños, me gusta creer que quitan años, que los recuerdos están para eso, para recordarlos, para revivirlos, disfrutarlos y que las cosas son pequeñas o grandes según el tamaño que uno mismo les da.

Me gusta recordar que aún estás dentro de mi, latiendo, aunque a veces eso me provoque arritmia.

Me gusta recordar que a pesar de lo bonito de soñar, de lo bello que tiene fantasear, no hay que olvidarse de otra cosa más importante: de vivir.

En fin, no sé si te has dado cuenta pero, me gusta recordar.