Una historieta de Rogelio, una fábrica, un hijoputa, grasa de sebo y unas cerillas.

A continuación, os vengo a contar una pequeña historia que me contó un hombre de entre unos 55 y 60 años, en unas fiestas de barrio hace un par de años.

El hombre en cuestión, pongamos que se llamaba Rogelio. Al menos tenía cara de Rogelio, el nombre le quedaría bien.

Bueno, pues Rogelio a los 8 años entró a trabajar a una fábrica, lo normal… -lo normal en la época, por desgracia-. Empezó a trabajar por necesidad familiar. El mayor de una familia de 4 hermanos -y más que vendrían- y pobres como las ratas.

Como quería continuar estudiando su padre consiguió negociar que en vez de trabajar doce ó catorce horas, como era habitual, trabajaría 8 y así podría continuar sus estudios. Pura benevolencia empresarial, para quejarnos después…

Total, Rogelio entró en una fábrica de tratamiento de cuero, me parece, siendo la última mierda de entre las mierdas, es decir, entró como aprendiz -lo que viene a ser ahora un contrato en prácticas-. Por encima de su rango había otros cuatro aprendices mayores que él, tres oficiales, el maestro, el gerente y el director.

Y os preguntáis: ¿En qué se convertía esa escala jerárquica en la práctica?. Pues en tener que hacer todo el trabajo que ninguno de los diez de arriba quería hacer y, al final de la jornada, su última tarea consistía en dejar totalmente impoluta la fábrica.

Un don Mistol. Un señor Fairy. Un Mr fuckin’ Proper.

En fin, el limpiar consistía más o menos en: dejar impolutas las máquinas y engrasarlas con sebo. Después limpiar el suelo el cual, para no levantar polvo y ensuciar las máquinas, debía mojar previamente, barrer y mochar.

Y ya.

Nada más.

Eso solo.

Vamos, lo típico que hacemos a diario en el comedor y cocina nada más levantarnos.

Total, lo interesante de la historia viene ahora. Resulta que un día Rogelio -ahora que lo pienso es un poco cruel ponerle Rogelio a un niño de ocho años, pero joder, cuando me contó la historia, el nombre de Rogelio le pegaba, mucho-, como decía, Rogelio-Rogelito-Rogelín, como lo llamasen para que no pareciese un boticario de la esquina, terminó de limpiar la fábrica diez minutos antes de lo habitual. Se sacó su bocadillo de pan con pan -mmm… delicioso, me han entrado ganas sólo de pensarlo, mañana para almorzar uno, así, sequito, sin aceite si quiera, y si puede ser de hace dos días- y empezó a zampárselo en un banco de la fábrica. Con eso llegó el gerente con esa cara de hijoputa que os imagináis todos.

¡Hombre Rogelio!, qué pronto has terminado hoy. ¿Qué comes, pan a secas? Joder, ni un chorrito de aceite, ni una loncha de mortadela. Trae, que yo te lo relleno.

Con eso le coge el bocadillo, le da un mordisco gordote, un mordisco de hijoputa -a todos nos ha pasado alguna vez: toma, prueba. Ñaaaam, ups, casi no queda, ale, te jodes- y lo escupe.

¡Qué asco, por Dios…! Por cierto Rogelio. Quedan diez minutos para que termines de trabajar y te estás comiendo un bocata en horas de trabajo, sí, una mierda de bocata, pero te lo estás comiendo, vamos, que te estoy pagando por comer. ¡Hay que ver a dónde hemos llegado!.

A ver, ¿has limpiado y engrasado las máquinas?.

Y Rogelio asiente, acojonado, pero asiente.

¿El suelo, tan limpio como para poder lamerlo?.

Rogelio vuelve a asentir y reza en secreto para no tener que lamerlo como prueba.

Pues mira, en estos diez minutos que te quedan das unas vueltas a la fábrica. Corriendo. A la de ya. Venga.

Y Rogelio acató, empezó a dar vueltas corriendo a la fábrica. Vaya, lo ideal después de ocho horicas de nada de trabajo. Y mientras tanto el gerente se sentó en un banco al lado de la puerta, fumándose un puro tan ricamente mientras veía pasar a Rogelio corriendo como quien no quiere perder el autobús.

El gerente, cada vez que pasaba Rogelio se volvía a encender el puro y tiraba la cerilla calcinada dentro de la fábrica. Un detalle por su parte. Vamos, un poco más hijoputa y lo enviaban directo con un vuelo chárter a la Cumbre de las Azores con el Trío Chikiboom -pero en tíos y sin gracia-.

Pasados los diez minutos de rigor el gerente con un gesto en la mano y con el puro en la boca hizo parar a Rogelio.

Toma chaval, te lo has ganado.

El bueno del gerente le colocó el puro en la boca y le animó a inhalar repetidas veces ese puro que sabía a… a lo que sabe un puro cuando te lo fumas por primera vez. A m****a, a asco, a vómito, a la imagen de Sara Montiel fumándose un puro. “La primera y la última vez que probé un puro en mi vida.” Me decía Rogelio mientras me contaba la historia.

Cuando ya se iba Rogelio víctima de un ataque de tos y queriéndose rebanar la garganta con lo primero afilado que pillara de camino por el picor y sabor a puro que tenía, el gerente lo avisó desde detrás.

¡Ts, ts!. Joder, cómo odio eso. Es tan molesto como el puto tic tac de los relojes que por las noches no te dejan dormir, es tan pretencioso como el puto tic tac de un Swatch que por las noches no te deja dormir. Es tan pesado y ostentoso como el puto tic tac de un Rolex de oro de 24 quilates que por las noches no te deja dormir y que además te deja la muñeca hecha una mierda por lo pesado que es. Vamos, que lo odio.

Rogelio se giró y el gerente le dijo:

Mientras corrías y, en horas de trabajo, me temo que la fábrica se ha ensuciado un poco. Me parece que aún no has terminado tus tareas.

El pequeño Rogelio, sin rechistar pero con la vena del cuello a punto de decir basta entró a la fábrica y se encontró el suelo repleto de cerillas rotas. Las barrió y, por fin, podía marcharse.

“El día se me hizo un poco largo” me dijo.

Con eso, cuando ya salía por la puerta, adivinen quién volvió con el “ts, ts”. Equilicuá. El gerente. Esta vez era para darle el bocata. Menos mal joder, el pobre Rogelio se temía lo peor. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Hacerle de silla mientras se fuma un puro, rollarle ese mismo puro a mano…?.

Toma hijo, te lo has ganado.

Le dio el bocata y lo dejó ir.

Adiós. Chao, chao. Bye, bye, hasta otro ratito.

Pero aún no sabéis la última. Cuando Rogelio dio, de camino a casa, un mordisco al bocadillo tuvo que escupir todo lo que se había metido en la boca, que parece ser que era mucho. El gerente en un acto de bondad incalculable le había añadido sustancia al pobre y seco bocadillo de Rogelio. El único problema era que le había untado la maldita grasa que usaban en la fábrica para lubricar las máquinas. Mmmm, ñam, ñam. Mel de Ca Telm, que decimos por aquí.

Cuando terminó Rogelio de contarme esta historia le pregunté si al día siguiente volvió a la fábrica.

Me dijo que no.

¿Lo dejaste, no?. Le pregunté.

Que va, que va. Me dice la mar de tranquilo y con una medio sonrisa de satisfacción en la cara. “Hubo un pequeño incidente que me impidió seguir trabajando allí.”

¿Qué pasó?.

Em… Pues según el peritaje parece ser que la fábrica se quemó debido a una combustión de la grasa con la que limpiábamos las máquinas… Ah, y creo que dijeron algo también de unas cerillas. No sé, ¡ de eso ya hace tanto tiempo!.

 

{“Eiximeneres trauen, en prova de treball, d’un poble que l’ofeguen i que no mataran…”}

Café pendiente

Entro en un bar. Podría ser un bar cualquiera. En este caso hace chaflán en una calle transitada por coches que queman sus prisas con gasolina y humo.

Me siento en un taburete y me pido un café mañanero que resulta estar un poco aguado. Bebo sin rechistar.

En el bar están los típicos. Aunque, la verdad, nunca había ido por la mañana a ese bar, pero sé que son los típicos. Sus miradas, su forma de sentarse, de coger el café, de mirar con cansancio la televisión dando malas noticias. ‘Lo de siempre, con los de siempre’, me digo.

Con eso entran dos hombres con mono de trabajo azul. Saludan a un par de conocidos, de los de siempre, y se apoyan en la barra.

Dos cafés y otros dos pendientes.

Le dice al camarero el que parece más mayor mientras paga cuatro cafés. Me pareció curioso pedir dos pendientes. Imaginé que o bien pagaban el de el día siguiente o bien volverían más tarde a hacérselo.

Me terminé mi café aguado y estuve tentado de pedir uno pendiente. Así me aseguraría de volver a ese bar. Se respiraba un clima diferente. No era el aire recio de los bares al que solía estar acostumbrado. Tal vez porque solía ir por la tarde-noche, que es cuando se acumula la atmósfera de todo el día y se hace insoportable si no es con una cerveza.

Entraron al bar dos hombres encorbatados y tres mujeres bien vestidas. Saludaron al camarero como si se tratase de un familiar y pidieron dos cafés solo, tres cortados y otros tres pendientes.

Joder, menuda moda con esto de los cafés pendientes. Decidí quedarme con la esperanza de que alguien que hubiese dejado un café pendiente volviese a bebérselo.

El camarero tenía una pequeña libreta al lado de la caja en la que iba apuntando con rayas los cafés pendientes, como si de un preso marcando en la pared sus amargos días de opresión se tratase. Me descolocó, los cafés pendientes se apuntaban todos en la misma libreta, daba igual quién lo pedía. Mi intento de averiguar esta curiosidad se paró en seco.

La puerta se abrió de nuevo y entró un hombre desaliñado, de ropajes viejos, con boina y ayudándose de un bastón para caminar. Avanzó, miró a su alrededor y preguntó al camarero:

¿Tienen algún café pendiente?

El camarero tachó una raya en su libreta de cafés pendientes y le sirvió a aquel hombre un café caliente con una chocolatina.

// TONI MIRANDA

// TONI MIRANDA

Me quedé perplejo y decidí preguntar al hombre que tenía a mi lado que tomaba unas tostadas con mantequilla.

Perdone, ¿eso de los ‘cafés pendientes’…?

Sí, son cafés que la gente paga para que otros que no pueden pagarlo lo tomen. No sólo cafés. se hace con cafés, también tostadas, zumos…

Asiento con la cabeza y sonrío. Miro al camarero y le digo.

Por favor, cóbrese mi café y apunte uno pendiente.

The Lady in red

<<En las historias, en los relatos -y más en aquellos contados en primera persona-, siempre hay alguien al otro lado, alguien que no tiene la oportunidad de contar su historia desde una óptica diferente a la ya narrada. Remitiéndonos a la historia anterior, esta vez una gran amiga ha tenido la astucia y valentía de publicar des de la otra parte. Y, la verdad, ha salido algo jodidamente bonito. Gràcies Mainés.>>

 

Esa noche me puse mi vestido rojo, hasta los pies. Me gusta que vuele cuando ando y se pegue a mi cuando bailo.

Había salido tan tarde de casa que no pude más que correr calle abajo esperando encontrar un cartel iluminado que me señalara un bar. Antes de llegar al pub quería fumarme un cigarro, tranquila. Mientras corria lo ví. El frenazo en seco hizo que mi chaqueta se deslizara hombro abajo y que mi pelo se alborotara.

The Lady In Red, Chris de Burgh

The Lady In Red, Chris de Burgh

Abrí la puerta. No había visto ese bar en mi vida, el suelo ensuciaba los bordes de mi falda; las mesas, llenas de hombres cansados de vivir. A ninguno le quedaba más de un trago en la copa. Avancé observando y ahí estaba, él, camuflado entre las sombras de luces amarillentas y humo disperso, de ese que ya no se huele en los bares.

Él, el chico de la chupa negra, con la mano pegada al bourbon y rodeado de gente joven.

Era diferente.

Lo miré, quise que me mirara, no lo hizo.

Compré tabaco y salí del bar sin mirar atrás por miedo a que ese ambiente turbio y desaliñado, pero que en cambio te atrapaba, había algo que te pedía quedarte. Algo que te decía que allí no la presencia no se contaba por personas, si no por copas, que la importancia que tenías era la importancia que tu misma querías darte.

Mientras bajaba la calle sin prisas y con el cigarro que ansiaba fumar pensé: Te equivocas, de esos bares no se salva nadie.

La chica de rojo I, el bar

n colpet de Lleonet, Raül Botella. 'Raül, sempre bategant'.

Un colpet de Lleonet, Raül Botella. ‘Raül, sempre bategant’.

Desde hace unos años mis amigos y yo solemos frecuentar los fines de semana un bar. El bar en cuestión podríamos decir que cumple los requisitos como para catalogarlo de bar cutresalchichero, mugriento, que parece ser regentado por el más guarro de los orcos de la Tierra Media.

El bar guarda entre su mugre, su polvo y suciedad, años de historias, de vivencias, de amores y desamores y sobretodo, sobre todo sobre todo, de borracheras, lustros y lustros de cogorzas insanas y de alguna que otra memorable.

El local contiene ese asqueroso encanto que le da el paso del tiempo: azulejos amarillentos y pegajosos que ahora serían califiados como vintage; máquina tragaperras con el ludópata anclado a ella entregando su vida y dinero a una caja con luces parpadeantes; olor a fritanga acompañado, a veces, por ese olor a tabaco que ya tan poco se huele en los bares, afortunadamente, y que de vez en cuando se cuela a manos de algún insurgente; huesos de aceituna mascados en el suelo, que llegan a ocupar pequeñas aglomeraciones en las proximidades de la barra. Bar rinconero, bar de historias ahogadas con bourbon barato, bar de carajillo, de olvidos amargos y de sábados largos, de gritos y risas descontroladas, de vómitos en el aseo.

Al fin y al cabo todo transcurre en un ambiente de cierto descontrol, de conversaciones con borrachos habituales y a la espera de una cuenta previsiblemente inventada que, al final y de forma enigmática, termina beneficiando tanto al viejo dueño, de delantal manchado y de bigote descuidado, como a nosotros. Todos contentos y a la puta calle.

La razón de frecuentar ese tugurio no es ni mucho menos un sentimiento neobukowskiano de la chusma, si no más el encuentro con un ambiente que nos protege de barullo indeseado -ese que no creas tu-, de cuentas que te dejan sin respiración cuando las ves o de las conglomeraciones excesivas.

Por otra parte, y como es de esperar, con los años que llevamos allí no hemos visto pasar por allí a una mujer que levantase los ánimos a la panda de viciosos que frecuentamos el local.

Hasta que llegó. Hasta que llegaste.

La chica del vestido rojo. Joder, la chica de rojo.

¿Sabes? Esa sensación de que se para por una jodida vez el frenético segundero. Esa sensación de que todo desaparece menos la persona a la que observas. Esa sensación con olor a perfume que te revuelve el esófago.

Es cuando empiezo a imaginar. Cuando te hago casi un tercer grado mental preguntándote de dónde has salido.

Preguntándote porqué coño has entrado al bar más mugriento y roñoso que hay en 100 km. a la redonda.

Porqué tu sonrisa y tu caminar consigue frenar mis ganas de vomitar.

Cómo coño consigues darle belleza a ese cuchitril sólo con tu encanto y tu forma de caminar.

Me pregunto si me mirarás. Si me sonreirás.

Total, que entras, compras tabaco y te vas.