Te bebo en los bares

Oigo latir corazones avergonzados en la sombra

tratando de huir de la sed de sus amores.

Quisiera sentir como se tiñe mi corazón de ti,

de tus caricias, de tus besos, de tus olores.

 

Me gusta beberte en los bares. Beberte no es emborracharme, beberte es mover los hielos de mi copa en forma de círculo mientras te veo reflejada y me la llevo a la boca, para saborearte. Me embriagan tus recuerdos, no el alcohol. Me gusta ir a bares cutres donde nadie te mira y donde todos están allí para humedecer y ablandar sus pesares. Te bebo sola o acompañada con cola o soda, preferiblemente. Me gustan los vasos anchos, caben más recuerdos. Recuerdos líquidos, flexibles, adaptables. Y me gusta beberte mientras te escribo estas palabras en una libreta mamarracheada y desgastada.

Te imagino a ti bebiendo, con tu ron con cola repleto, que mueves con soltura y jugueteas con los hielos sin darte cuenta y dando de vez en cuando das algún sorbo. Después te humedeces esos labios que me vuelven jodidamente majareta y vuelta con los hielos.

Pondrías el codo en la mesa o en la barra y apoyarías en tu mano la cabeza mientras te tocas ese pelo brillante que tienes, largo y liso. Tus ojos oscuros se mantendrían perdidos entre tanto que ver, tanto que observar. Esos ojos oscuros que vibran y hacen vibrar. Me pregunto cómo es que puedo enamorarme de un parpadeo, del tuyo. Pues chica, lo has conseguido.

Seguramente tu bonito pelo en algún momento acabaría, en parte, dentro de la copa, aromatizando el ron-cola y tú, vergonzosa, lo apartarías y lo secarías con la manga, que para eso está. Te reincorporarías, buscando a quien buscas, esperando a ese que quiero ser yo y no soy.

Ya es casi primavera, aparecen ya las malditas primeras flores con su maldito polen, y mira que me encanta caminar y de repente oler un buen aroma floral, pero hay días que me llevan amargado y en los que pienso en quién ha sido el insensato que las ha invitado a la fiesta primaveral. Seguramente sea un dueño de un laboratorio de antihistamínicos a los hijos del cual pago y repago, junto a mi madre, la carrera, el máster en Oxford, el doctorado y sus buenas fiestas universitarias. Pero olvidando ese pequeño detalle. Es primavera, o casi vaya, y saldrías fuera del bar con tu copa medio llena-medio vacía, te sacarías un cigarro del bolso y te lo empezarías a fumar. ¡Maldita sea!, hasta me gusta como fumas y mira que odio que fumes…

Te apoyarías, como entre despreocupada y abatida, en la pared, con los pies cruzados y la mirada al frente, echando humo con clase y soltura, como si de un film hollywoodense se tratase.

En terminar el pitillo entrarías dentro del bar con la copa ya casi vacía, como tu alma, que a pesar de estarlo te pesa más que nunca. Y mirarías la hora sin parar, esperándole, porque llega tarde y a pesar de que sueles ser impuntual tú no aguantas que los demás lo sean. Te terminarías la copa, hasta la última gota, y pedirías que la camarera te cobrase mientras te giras para coger la chaqueta.

En eso notas una mano fría en tu hombro y esa voz de la persona a la que esperabas excusando su tardanza y pidiéndote disculpas. Después de una mirada medio de rencor medio de perdón lo perdonarías y le darías un abrazo de los tuyos. Y, con todo ello, os sentaríais a charlar y a beberos.

Yo por hoy te he bebido bastante. 

Querida, te bebo en los bares.

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Mi Boeing 747

Enciendo el reproductor y empiezan a sonar los acordes. Me crecen las alas, plumas que nacen de mi Boeing 747 interior y que se me multiplica cuando escucho su canción. Salto desde la terraza mágica hacia lo alto, me sostiene la sinfonía, los acordes que embalsaman mi libertad vespertina mientras el Sol se esconde para observar a la Luna con sigilo y tranquilidad.

Vuelo y no me canso, soy un hombre-pájaro, Ramón Lobo los describe como “un sueño que se escapó, un sueño renovado que tarde o temprano regresa disfrazado de otros sueños.” Estoy con él, me gusta ser hombre-pájaro, renovar mis sueños, volar en busca de otros y mejores.

De vez en cuando te topas con personas-pájaro volando cerca de ti, pasan, saludan cordialmente, y se van, continúan buscando sus sueños, lejos de las personas-gris que turban nuestra conciencia y que luchan para que nosotros no soñemos, sólo acatemos. Me siento bien volando por encima de ellos y si veo alguno a lo mejor trato de probar mi puntería… “¡agua va!”.

Me encuentro a una persona-pájaro que me saluda y me pregunta, me dice que ella vuela buscando paz. Yo le respondo que me busco a mi mismo. Intercambiamos alguna que otra admiración sobre las plumas del otro y continuamos volando.

La canción sigue, entra en su tercio final, el el trozo más mágico, más feroz, más soñador. Agito las alas con fuerza, hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba… casi toco el Sol, pero él es más rápido y se esconde, que la Luna está apunto de venir.

Mi vuelo termina conforme la canción se esfuma, vuelvo de mi revoloteo, agotado de sueños, satisfecho del paseo, empapado de aire reconciliador y renovado. Mi Boeing 747 aterriza sin mareos ni turbulencias, llano, tranquilo. He ido a Finlandia y he vuelto, he visto de nuevo a mis amigos, mis momentos en las tierras nevadas hechizadas de amores y fantasías.

Siento una pequeña tristeza, cuando vuelas es lo que pasa, que cuando termina quieres más. “Otro día más y mejor” me digo, volar es de las cosas que más me gustan, no me cuesta mucho dinero, algo de papel y lápiz, tinta para mi máquina de escribir o algo de luz para el portátil, todo eso vale. Es en ese momento cuando mis manos rescatan las letras de mi hondura, les da forma, las pule. Escribo sin rumbo, no pienso, sólo siento: vuelo.

Ya es miércoles, casi jueves, casi viernes, casi sábado y casi casi de nuevo miércoles. Así que feliz semana, esta y la próxima, claro.

El andén, el tren y la chica

Llevo toda la mañana tropezando con el mismo recuerdo de un sueño que anoche tuve.

Soñé que estaba en un andén, una pequeña estación de tren el ambiente era húmedo, con vapor y rocío. Mi visión era asalmonada, de colores tostados y apagados. Estaba yo sólo, ni rastro de vida a mi alrededor, hacía frío. Buscaba a alguien, a una mujer seguramente, miraba a todas partes con desespero, notaba como el corazón se impacientaba. Tenía ganas de llorar, de encontrar a ese alguien que buscaba. Al instante se produce un cambio en el sueño. Continúo en el mismo andén, pero entre un ambiente de humo, bochorno y gente. Hay un tren, antiguo, de vapor me atrevería a decir y está arrancando. Siento desesperación, no he visto a quien deseaba ver, despedir seguramente, no sabía quién era pero corría hacia delante, junto al tren, como si supiese donde se encontraba… Corría a lo largo del andén mirando por las ventanillas, sin encontrarla.

Cuando ya corrí un buen trecho me pareció llegar cerca de la ventanilla que buscaba y cuando la rocé con la mano caí. Tropecé con mis propios pies. No conseguí ver quién había dentro. A quién buscaba. A quién deseaba. Me quedaba tumbado un buen rato, boca hacia bajo, mirando como se marchaba el tren hacia lo desconocido. 

He despertado, un poco alterado y con la cama desecha, boca hacia bajo también. Ya no había tren, ni andén, ni tampoco la mujer a la que buscaba, sólo estantes con libros, posters, un armario y un escritorio. Me he reincorporado y me he colocado mirando el techo. Me he hecho preguntas varias para tratar de esclarecerme, pero no lo he conseguido. Me he desvelado aunque la casa entera dormía, la gente que la habita también, no he podido conciliar el sueño y me he puesto a escribir mi sueño misterioso.

Entre lo mundano y lo importante

Me levanto y mis movimientos son mecánicos. Enciendo el portátil, mientras hace sus estiramientos y calentamiento para empezar a funcionar voy a por el zumo mañanero. Vuelvo, el portátil ha empezado ya a correr la maratón. Leo con preocupación la prensa, repaso con intranquilidad lo que supondrá el nuevo pacto fiscal europeo. Para España más paro, menos derechos, menos democracia… En definitiva, menos nosotros, más ‘mercados’. Entre tanto despropósito colma mi hartazgo, cierro la pantalla del portátil, sin estiramientos preventivos ni nada, cansado, decepcionado…

Me tumbo en el suelo,  como si fuese a hacer un ángel en la nieve, con las extremidades bien extendidas. El frío del suelo me cala poco a poco, cierro los ojos y consigo ver, detrás de todos los números del paro, más allá de la cantidad de empresas que cierran, tras los pactos políticos que sólo benefician a una minoría… consigo ver a mis amigos, a mi hermano, mis padres, mi familia. Todos me esperan, algunos sentados en un banco, otros de pie. Me esperan en silencio, con una sonrisa, quietos. Me siento confuso pero contento, dejo detrás lo mundano para acercarme a lo importante, a todos ellos, me voy acercando, poco a poco pero con decisión, con endereza. Llego, los miro a todos, sus rostros, su alegría, les quiero decir algo, no sé el qué. En ese instante suena el móvil, un mensaje, “me quieren regalar algo, hacerme rico o publicitar una estupenda tarifa” pienso. Me equivoco, mensaje de una amiga, de esas que estaban en mi medio-sueño. Lo leo, me arranca una sonrisa, la primera del día… Me pregunto cuántas más abran, “las que creas necesarias” me respondo. Me levanto del suelo con la espalda fría y me voy a pasear, a ver qué nos trae hoy el Sol.

Feliz y sonriente martes.

Libre

Aprende a caminar, aprende a hablar, no digas palabrotas, no corras, no grites, come, traga, date prisa, péinate, ponte recto, camina erguido, no mires, no te quejes, aprende la lección, no bosteces, no te rasques, siéntate, levántate, ves allí, más rápido, espérate, vuelve, camina derecho, ven aquí, compra eso, pruébate aquello, págalo, devuélvelo, conduce, acelera, fíjate, mira esto, gira a la izquierda, cambia de carril, echa marcha atrás, aparca, frena, abre, cierra, saluda, túmbate, duerme, sueña, olvídalo todo.